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Fe y Alegría es mi casa
Héctor Rodolfo Cortez Ruiz

País de residencia:

Hablar de lo que significa para mí Fe y Alegría me genera fuertes emociones. Decir que la institución es mi casa, va más allá de lo puramente estructural de una vivienda.

Nací en la populosa población de Petare, un 2 de enero de 1983. Soy el segundo hijo de cuatro muchachos de Ida Mercedes Ruiz Montalvo y Héctor Cortez Ventura. Me crié en el Barrio Bolívar de esa población, allí muy cerca de la casa, está el Colegio Presidente Kennedy de Fe y Alegría.

Mi encuentro con el proyecto del padre Vélaz se dio desde niño. Todo comenzó cuando yo tenía 5 años de edad. Mi madre, colombiana de nacimiento pero venezolana de vida (llegó a Venezuela a los 19 años), me inscribió a mí y a mis hermanas, Andreina (primero fue ella por ser la mayor) y Marianela (Lisseth no había nacido todavía), en el pre-escolar del colegio Kennedy, con el fin de iniciar la formación básica.

Tengo vagos recuerdos de esa época de mi vida. Recuerdo que en salón donde estábamos jugábamos mucho y teníamos muchos juguetes, como un televisor gigante de plástico así como colchonetas para saltar y divertirnos.

Luego tuve la dicha y la fortuna de continuar la formación básica en todos los niveles, siempre en el Colegio Kennedy.

Pase por primer grado hasta noveno grado, conté con la formación de grandes profesores como: Dalila León, Mirentxu Eguiguren, María Blanco y Gabriel Contreras. Durante esos años fui varias veces delegado de curso, la verdad que me gustaba estar metido en actividades de la escuela.

La formación dentro de Fe y Alegría me ayudaba a ser un mejor muchacho, además de integrarme a las actividades deportivas (mi pasión), así como a la formación humano-cristiana y social (con la integración de un campamento).

Debo decir que mi infancia en la institución pasó por varias de esas actividades. En el plano educativo participé en obras de teatro, en concursos de escritura y lectura así como en las parrandas de fin de año.

En el plano humano-cristiano, la profesora Mirentxu, Miren como le decimos algunos, me guió en conjunto con Ana María Betancourt a acercarme más a Dios. Formé parte del grupo cristiano de la comunidad con apenas 11 años. Me decían “El Pastor” porque me gustaba leer, y siempre que se leía la biblia yo era uno de los que quería compartir la lectura.

Luego, gracias al grupo cristiano, me integré a un proyecto que adelantaba el director del colegio, mi amigo y mi padre putativo, Carlos Krisch, el cual, con su querida esposa y mi madre putativa, Lecgisia Torres y su hermana, Susy Krisch, fundaron el campamento “Guariquito”. Durante varios años, mientras estaba estudiando en el Kennedy, hicimos actividades recreativas para los más pequeños del barrio así como de las zonas más cercanas.

Llegamos a visitar varios lugares de la localidad e incluso viajamos para lugares tan lejanos para nosotros como Mérida. Esa experiencia de vida me marcó para siempre, tanto así que la seguí hasta que el proyecto echó raíces en la “Ciudad de los Caballeros” y me vine a Mérida una vez que salí de la Escuela Técnica Popular Don Bosco, donde cursé el bachillerato. Hoy día vivo en Mérida, me casé con una hermosa andina y logré consolidar el proyecto de vivienda propia.

Volviendo a las actividades en la escuela debo decir que la experiencia de la venta de la rifa era un vacilón. Recuerdo que se competía (sanamente) por saber cuál salón vendía más tickets, el que ganaba lograba un paseo a la playa. Así nos motivaban a vender y participar en la actividad de la venta de la rifa.

Recuerdo que de chamo participé en la “Unidad de compra”, un espacio que se habilitó en el salón múltiple del colegio, con el fin de vender productos los fines de semana para la comunidad.

Mirentxu y Ana María eran las guías y nosotros, los muchachos ayudábamos cargando las cajas, acomodando los productos, atendiendo la caja o vendiendo los artículos así como las verduras y frutas. Nuestra forma de “pago” o agradecimiento se expresa con que nos daban un guacal con algunas verduras o productos que llevábamos a la casa.

Les digo que, mis primeros años con Fe y Alegría en mí vida, fueron de gran impacto y de mucho crecimiento, incluso logré una beca-ayuda con la gente de Rotary Club, que tenía su sede en Catia.

Luego salí del noveno grado y me fui a estudiar en la “Escuela Técnica Popular Don Bosco”, cursé por tres años el área de electrónica general. Mientras estudiaba allí no perdí la presencia de Fe y Alegría en mi existencia, pues al ritmo que seguía en el campamento me integré, con 14 años de edad, al equipo de orientadores del Instituto Radiofónico Fe y Alegría (IRFA), fue una bonita experiencia ayudar a personas mayores a culminar sus estudios, recuerdo que, como me gustaba la historia, me asignaron apoyar esa área. Fue todo un reto, yo trataba de leer los libros y luego, con ayuda de los compañeros, se ideaban las estrategias para el aprendizaje de los participantes. Que me iba a imaginar que, luego de pasar los años seguiría conectado con la familia IRFA.

Durante esos años, al culminar el bachillerato, hablamos del año 2001, surgió por idea de Carlos Krisch, de montar un curso continuo de los Centros Educativos de Capacitación Laboral (Cecal) en la ciudad de Mérida. Carlos y su familia se habían mudado para Mérida.

Recuerdo que él me llamó para decirme que si quería animar ese proyecto. Yo tenía apenas 17 años de edad, recién estaba culminando el bachillerato. Recuerdo que lo pensé por casi un año, le daba vueltas a la cabeza, hasta que culminado el proceso de formación y con los 18 años cumplidos me aventuré en el camino, me fui de mi casa (nos habíamos mudado en el 98 para San Agustín del Norte) y emprendí mi camino, siguiendo la estela de Fe y Alegría.

Tengo en la retina la fecha de mi llegada a Mérida, fue un 13 de septiembre de 2001, justo cuando pasaron, dos días antes, los hechos de las Torres Gemelas en los Estados Unidos.

Recuerdo que me llevaron a un taller de formación inicial en un centro educativo acá en Mérida de siglas C.R.A.M (Centro Regional de Apoyo al Maestro). Allí nos dieron la instrucción para comenzar el curso discontinuo de Cecal en una comunidad de El Pedregal, municipio Santos Marquina, el grupo lo había formado Carlos junto a Lecgisia (Leti) y la compañera Yelitza Parra.

Imagínense, yo, con la experiencia de siete años de recreador con 25 muchachos, algunos mayores de edad que mi persona. En esa experiencia tenía la misión de facilitar el curso de recreación y turismo, la compañera Yelitza Parra apoyada en la parte académica y de formación de los muchachos. Fueron tres años de aprendizaje con esa grata experiencia.

Paralelamente, el amigo Carlos, siempre tan inquieto e innovador, se propuso la creación de una radio comunitaria, una emisora que fuera apoyada por el movimiento Fe y Alegría. Mientras estaba en el curos de Cecal me incursioné en el mundo de la radio. Comencé a aprender a operar los controles y luego me animé a hacer un programa de radio. Mi espacio era un programa deportivo, se llamaba “Radio Deportes”, en honor a Radio Deportes 1590AM en Caracas, la radio que escuchaba todos los días.

Bueno, con el tema de la radio fue como una conexión inmediata,  sabía que ese sería mi camino. Luego de operar y tener el programa deportivo, fue agarrando experiencia en el plano de los Servicios Informativos, en lo que antes llamábamos prensa.

Inicie los estudios universitarios en la Universidad Católica Cecilio Acosta, logré hacer tres semestres allí, pero, el tema económico fue una complicación y decidí optar por iniciar el proceso de construcción de nuestra vivienda propia (ya pasaré a contarles la parte sentimental de mi vida).

Con el pasar de los años, el amigo Carlos y el equipo me fueron dando confianza para asumir retos. Llevar el noticiero de la mañana, preparar el noticiero del mediodía, organizar al equipo para las coberturas informativas de la comunidad.

Fueron 10 años de una experiencia única en la Radio Comunitaria Fe y Alegría 105.7 FM El Pedregal. Debo decir que era, una autentica radio comunitaria, en la cual logramos más de 50 productores al aire, con todas las voces y todas las músicas.

Igualmente, de forma paralela, mientras iba terminando el curso de Cecal y estaba en la radio me integré al equipo de IRFA. Durante los primeros años fui promotor de la institución. Gracias al IRFA he podido conocer parte de la geografía de Mérida y, justamente gracias al IRFA conocí a mi amada esposa, Marisol Rangel.

La conocí en un Centro de Orientación, ahora llamado Centro Comunitario de Aprendizaje (CCA). Fue en la población de Tabay, ella tenía una peluquería dentro del CCA en convenio con las monjas del Centro Comunitario de las Hermanas Franciscanas.

Mi esposa me cuenta que ya ella me había visto en la oficina de IRFA ubicada en el centro de la ciudad pero que yo no la vi en ese momento. Yo le digo que no era el momento sino allá en el CCA. Doy gracias a Dios, a Fe y Alegría y a la vida por permitirme haber conocido a mi esposa en ese sitio.

Hoy estamos felizmente casados y en planes de que crezca la familia. Gracias a la institución y sus convenios, logramos, luego de cinco años culminar nuestro hogar.

En el IRFA actualmente tengo la responsabilidad de liderar el proyecto de la radio institucional que fue creada hace tres años debido a que el proyecto de Pedregal cambió de manos y Fe y Alegría optó por emprender otro camino.

En el IRFA asumí el rol de coordinador de los Servicios Informativos de la Radio. Hoy apoyo al equipo nacional en la coordinación de la dinámica informativa de todos los días del Nodo Andes, Frontera, Llanos, es un nuevo reto que he asumido pensando en darle vida y fuerza a nuestra red informativa nacional.

Seguramente se me habrá escapado uno que otro detalle de mi vida en Fe y Alegría. Quiero agradecer a todas y todos, sobre todo a aquellas personas que influyeron en mi camino y que hoy me hacen sentirme más comprometido con la institución.

Algunos me dicen que por qué no me voy de Fe y Alegría, que busque otras alternativas que, según algunos, son mejores. Yo les digo que soy como esos jugadores de fútbol de antaño, de la vieja guardia, soy fiel a mi “camiseta”, es decir, me siento tan bien y tan comprometido con la causa, que no tengo necesidad de pensar en otros “equipos”. Así lo siento y lo pienso. He decidido quedarme porque para mí Fe y Alegría es mi casa, una hogar en el cual he vivido 28 de los 33 años que tengo de existencia… y los que faltan.  Muchas gracias

Héctor Cortez Ruiz   

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