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Soñando la Felicidad
Hans Walter Cabra Hernandez

País de residencia:

¿Por qué estudiar una maestría en la Escuela de Gobierno Alberto Lleras Camargo? 

Tras haber vivido el contraste entre los barrios más pobres de Bogotá y las ciudades más lujosas de Europa, Hans decidió volver a Colombia con el fin de ayudar a que cada vez más personas tengan las oportunidades que él ha tenido. Cuando ya está cerca de entregar su trabajo de grado, este estudiante relata por qué decidió hacer una maestría en la Escuela de Gobierno.

La Condición del Hombre Moderno, de Hannah Arendt, y La Republica, de Platón, son el punto de partida de mi interés en asuntos de política pública. Sin em- bargo, antes de profundizar sobre algunos aspectos de cada uno de estos libros y de su relación con el estudio de política pública, me gustaría compartir la historia de cómo estos dos libros se convirtieron en mi motivación para hacer una Maestría en Gobierno.

Procedente del barrio la Roca, ubicado en la localidad cuarta de San Cristóbal, crecí pensando que el futuro no era un sueño sino una obligación. Nunca soñé con poder asistir a la universidad, ya que por mi mente solo pesaba la dura realidad de poder terminar el bachillerato para conseguir un empleo y poder así darle a mi mamá una vida mejor. Sin embargo, en el 2003 mi vida dio un giro completo. Ese año obtuve una beca completa de estudios para el programa de Bachillerato Internacional en el Colegio de la Cruz Roja Noruega a través de la Asociación Colombiana para Colegios del Mundo Unido.
El proceso fue muy duro, ya que aplicaron más de 500 personas ese año para tres becas completas y para nueve becas parciales. Del proceso de selección recuerdo mucho el campamento de convivencia —una salida de dos días donde participaban cuarenta candidatos preseleccionados del todo el país—; allí vine a darme cuenta de que el mundo era más grande y complejo de lo que las de calles mi barrio me habían enseñado. ¡Quién iba a pensar que de una gran lista de muy buenos candidatos, todos ellos provenientes de los mejores colegios del país, yo iba embarcarme en el viaje más fascinante de mi vida! Así fue como en agosto de 2003 tomé el avión rumbo a Flekkefjord (Noruega). Al llegar, me di cuenta que si bien había alcanzado el logro más importante de mi vida, este era apenas el comienzo de una larga y dura tarea por demostrarme a mi mismo, a mi familia y al comité de selección de becarios de los Colegios del Mundo Unido que yo podía triunfar.

Pero el camino hacia la realización de esa tarea fue duro. El no hablar inglés me frustró, ya que no podía comunicarme, y mucho menos comprender lo que me decían mis profesores en clase. Recuerdo que el primer día de estudios, en la clase de filosofía, empezamos a leer La Republica de Platón. El profesor nos encomendó mucho el leer la alegoría de la caverna. Yo me demoré más de dos días tratando de traducir palabra por palabra lo que decía el texto. Cuando al fin terminé, la verdad quedé más confundido de lo que estaba antes de traducirlo, porque la hoja estaba llena de palabras sueltas que no tenían ninguna coherencia. Fue ahí entonces cuando me di cuenta de dos cosas; la primera, que debía esforzarme más que los demás para poder aprender, y la segunda, que el aprendizaje era un proceso colectivo. Con la primera no tuve ningún problema, ya que mi motivación fue siempre pensar en mi familia y en mi deseo de darles una vida mejor. La segunda fue más difícil porque no podía comunicarme con los demás, pero poco a poco y gracias a esa característica que tiene el hombre de ser un animal político, llegué a conocer las personas más maravillosas del mundo. Con el tiempo aprendí a conjugar verbos, a expresar mis ideas en inglés y a conversar con los demás, lo cual me llevó a descubrir la razón de ser de estos colegios: “construir sociedades a partir de la convivencia”.

 

Recuerdo mucho que mis mejores amigos venían de países como Dinamarca, Hong Kong, Gambia, Kazakstán, Nigeria, Noruega, Grecia, Zambia, Bolivia, Nepal, Perú, Argentina, India y Ghana, entre muchos otros, y que a pesar de hablar un idioma distinto teníamos mucho en común. Cuando mi inglés ya era lo suficientemente bueno para leer, hablar y escribir, re- cuerdo el profesor de filosofía nos dio el libro de La condición del hombre moderno, de Hannah Arendt. Duramos casi siete meses leyéndolo y analizándolo en clase. Cuando ya estábamos apunto de graduarnos, me presenté para becas universitarias y obtuve una beca completa de estudios en Middlebury College en los Estados Unidos. La lección más importante que este libro me dejó es que si bien de cierta manera la modernidad ha obligado al hombre a definirse en términos de resultados materiales —invenciones, creaciones—, existe siempre la po- sibilidad de llegar, tal y como lo hacían los griegos, a un estado de contemplación que permite el actuar filosófico. Pero, ¿qué es un actuar filosófico? Los dos años que viví en Noruega me ayudaron a descubrir mi vocación: una constante búsqueda filosófica de maneras para contribuir desde lo práctico al me- joramiento de la condición humana de aquellos que no habían sido privilegiados con las oportunidades que yo tenía. Sentía en mí el deseo no solo de mejorar la vida de mi familia y la de mis amigos del barrio, sino también la de la gente de mi comunidad y de mi país.

Así pues, llegué a Middlebury College en septiembre de 2005 con la intención de estudiar filosofía, pero en el camino me di cuenta que la Ciencia Política me brindaba herramientas mucho más prácticas para mi propósito. Los cuatro años que pasé en Middlebury College fueron maravillosos. No solo aprendí mucho sobre política americana, política comparada, política internacional y filosofía política —mi favorita—, sino que también tuve la oportunidad de conocer gente brillante, jóvenes con ideales similares a los míos y que me inspiraron mucho para esforzarme a aprender más. También estudié Lengua y Literatura Francesa, y tuve la oportunidad de estudiar un año en la Sorbona de París, lo cual me inspiró aún más en mi deseo de hacer algo por mi país. En París conocí a Madame Jacqueline Perry, quien participó activamente en la Resistencia Francesa contra el régimen nazi; ella me enseño a amar las buenas causas y a nunca fallecer en el intento de trabajar por algo que vale la pena. Las obras de Sartre, Arendt, Kierkegaard, Nietzsche,

Aristóteles, Camus, Víctor Hugo, sumadas a la calma de París, energizaron mi corazón y me llenaron de ganas de hacer algo por mi país. De vuelta a Estados Unidos, en el último semes- tre, tomé un seminario de filosofía política titulado Politics, Philosophy and Education, a partir del cual quiero explicar a fondo la importancia de La Republica de Platón en mi decisión de volver a Colombia para hacer la Maestría en Gobierno en la Universidad de los Andes. En ese seminario volvimos a leer la alegoría de la caverna. Al leerla, volví en el tiempo al primer día de clase en Noruega, cuando el profesor de filosofía nos entregó el texto, y me acordé mucho de cuánto me había costado traducirlo y de que al final no había entendido nada.

Esta vez, sin embargo, no necesité de diccionario; recuerdo que no dormí esa noche leyendo una y otra vez la alegoría, tratando de buscarle un sentido práctico. Al final, llegué a la conclusión de que el hombre de la caverna, aquel que había salido a contemplar el mundo exterior —motivado por la curiosidad o ayudado por la suerte— era muy parecido a mí. Al igual que él, yo había salido de mi caverna; al igual que ese hombre, yo había salido a desafiar el mundo y a aprender. Pero una vez afuera, ¿cuál era mi misión? Yo sabía que tenía dos opciones: en primer lugar, seguir mi camino y formar parte, tal y como lo criticaba Arendt, de esa modernidad que tanto se esmera en formar una idea de progreso. En segundo lugar, podía volver a la caverna y tratar, con todo ese conocimiento que había adquirido, de contribuir al mejoramiento de la condición humana de muchos que no habían sido tan afortunados como yo. Pero ¿cómo podría hacer esto último? Después de una larga búsqueda, llegué a pensar que si bien yo había adquirido conocimiento, debía formarme académicamente en mi país para entender mejor la realidad que quería solucionar.

Así pues, apliqué a la Escuela de Gobierno Alberto Lleras Camargo para la Maestría en Gobierno y fui aceptado con beca completa. Esta fue una de las noticias más conmovedoras que jamás haya recibido por dos razones. La primera, porque es- taba a punto de comenzar a construir ese sueño que se forjó en Noruega cuando decidí dedicar mi tiempo a filosofar sobre cómo ayudar a cambiar y mejorar el presente y el futuro de muchos jóvenes como yo. La segunda, porque volvería a estar con mi familia después de casi siete años sin verla —antes yo pensaba no volverlos a ver, porque me había prometido no volver hasta no poder brindarles una vida mejor—.

 

Han pasado casi dos años desde que volví a Colombia y ya estoy a punto de terminar la Maestría en Gobierno. Las clases de economía, estadística, política pública, liderazgo y aná- lisis de problemas colombianos, al igual que las electivas, me han ayudado mucho a organizar mi proyecto. Ahora que estoy escribiendo mi tesis pienso mucho en lo que ha sido mi vida en los últimos ocho años. El título de mi tesis es “Factores asociados al consumo de drogas en Bogotá”, y estoy utilizando una metodología mixta. Así pues, estoy haciendo un análisis cuantitativo de la encuesta de victimización escolar que realizó el DANE en 2006 a colegios en Bogotá y de una serie de entrevistas semiestructuradas con jóvenes de los barrios las Cruces, la Roca, Buenos Aires, Vitelma, San Blas y El triunfo —esos barrios que de niño solía recorrer entre máquinas de video juegos, canchas de microfútbol y potreros para elevar cometa y jugar beisbol con las tablas de un guacal—. Hoy, cuando ya estoy a menos de medio camino de concluir esta etapa de mi formación académica, debo decir que la Maestría en Gobierno me ha dotado con herramientas muy prácticas para pensar en política pública no como un tema de conversación para coctel, sino como “actuar filosófico”.

La Maestría en Gobierno ha sido para mí el vehículo para llevar a la práctica todo ese idealismo, toda esa entrega por construir una sociedad mejor y todas esas ganas de forjar una sociedad más justa. La Maestría, al igual que la Escuela de Gobierno y en sí la Universidad de los Andes, me han hecho comprender que hacer política pública requiere de un gran fervor por las causas sociales, de un gran compromiso para trabajar por y para la gente, y de una gran preparación académica que ayude a que la toma de decisiones en el ámbito de lo público se haga de manera prudente. Yo sé que lo que me espera ahora en adelante es arduo y complejo, pero las habi- lidades que he adquirido durante mi tiempo en la Maestría me serán muy útiles para afrontar cualquier reto en el futuro y seguir trabajando con el propósito de garantizar un mejor futuro para las próximas generaciones. 

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